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Desde los 11 superó tres trasplantes de hígado y volvió para abrazar a sus hijos: “Me daba culpa estar en la lista”

Lifestyle 2026-08-11 07:00:04

A los 11 años sufrió un fallo hepático fulminante que lo dejó al borde de la muerte, a los 33 y tras encadenar rechazos médicos y cirugías complejas Matías Almeira cuenta una odisea de salud extrema y una promesa incondicional que le devolvió las ganas de dar la última batalla

Junto a sus padres.

“Me llamo Matías Almeira, tengo 33 años de los cuales 22 estoy trasplantado de hígado. El 7 de mayo de 2004 entré en coma glucémico porque mi hígado dejó de existir. Antes de perder el conocimiento, recuerdo a mi padrino y a mi papá leyéndome chistes de la revista Genios; me reía, pero me quedaba colgado con el remate, y esa fue la primera señal de que algo muy grave estaba pasando en mi cabeza. Al despertar del primer trasplante, una ecografista me hacía un estudio y me contó lo que había pasado; me asusté tanto que empecé a gritar por mi mamá. Yo solo quería irme a casa, no entendía la magnitud de lo que había vivido en ese limbo entre la vida y la muerte, ni el inmenso esfuerzo de mis papás saliendo en la tele para rescatarme de la oscuridad”.

Aquel mayo de 2004, el tiempo se detuvo de golpe para un Matías de apenas 11 años que, hasta el día anterior, solo pensaba en jugar. Su hígado se había transformado repentinamente en una especie de gelatina que se desprendía en pedazos dentro de su organismo, desatando una crisis hepática que descolocó a los médicos. Sin azúcar en sangre y con la conciencia totalmente perdida, entró en un coma profundo mientras un respirador y un hígado artificial se convertían en su único y frágil soporte vital. Las cartas estaban echadas sobre la mesa de terapia intensiva: los especialistas fueron categóricos al advertir que solo le quedaban 24 horas de vida si no aparecía un milagro en forma de órgano.

A los 11 años sufrió un fallo hepático fulminante que lo dejó al borde de la muerte.

Una buena noticia y otra mala, 12 años después

El reloj biológico corría en una cuenta regresiva ensordecedora y la desesperación amenazaba con congelar los corazones de sus padres. Ante el abismo inminente de perder a su hijo, sacaron fuerzas de donde no había y salieron a los canales de televisión y a los diarios, implorando a la sociedad la importancia de la donación de órganos en un grito de auxilio que conmovió al país entero. La aguja del reloj avanzaba, hasta que a las 36 horas de haber ingresado en la lista de emergencia nacional del INCUCAI, llegó la llamada. El órgano apareció, la compleja cirugía fue un éxito y el llanto de agonía de la familia Almeira se transformó en lágrimas de un profundo e inolvidable alivio.

“Durante 12 hermosos años, ese primer hígado funcionó como un motor perfecto que me devolvió la normalidad y me permitió proyectar un futuro. Prácticamente no sufrí complicaciones, salvo los últimos dos meses de esa etapa, cuando una sombra amarilla volvió a teñir mis ojos de manera alarmante. Era una ictericia (coloración amarillenta de la piel y mucosas que ocurre por un exceso de bilirrubina en la sangre) feroz combinada con una picazón indomable que corría por todo mi cuerpo; me lastimaba la piel de tanto rascarme y no me dejaba dormir ni un solo minuto. Los médicos descubrieron que la cicatrización entre el conducto biliar del nuevo hígado y mi intestino se estaba cerrando hacia adentro, bloqueando todo a su paso. Intentaron frenar el colapso poniéndome stents, pero el órgano ya estaba herido de muerte y la única salida real era volver a entrar a un quirófano”, recuerda Matías.

Una complicación rarísima que solo afecta al 10% de los pacientes trasplantados de hígado

A los 23 años, la pesadilla que creía haber dejado en la infancia regresó, obligándolo a ingresar por segunda vez en la lista de espera del INCUCAI. Fueron ocho días eternos, una vigilia suspendida en el dolor donde él pasaba la mayor parte del tiempo sedado para soportar los síntomas. En el entorno familiar, el sonido del teléfono provocaba un escalofrío inmediato; cada llamada perdida representaba la delgada línea entre la vida y la muerte. Finalmente, el 8 de febrero de 2016, los médicos anunciaron que un nuevo órgano estaba listo para el trasplante, devolviendo el alma al cuerpo de todos los que lo rodeaban.

Esta segunda intervención quirúrgica estuvo marcada por una carga dramática y emocional completamente diferente a la de su niñez. Matías ya no era el chico desentendido del diagnóstico; ahora miraba el monitor de la clínica siendo padre de un nene de dos años y de un bebé de apenas tres meses. El miedo ya no era a lo desconocido, sino a perder la hermosa vida que había edificado y el sueño de ver crecer a sus hijos. La operación fue exitosa y su asombrosa capacidad de recuperación lo puso de pie rápidamente, pero el destino le tenía preparada una nueva emboscada médica apenas tres años después.

Junto a sus padres.

“En 2019 me diagnosticaron un rechazo humoral por anticuerpos tipo T, una complicación rarísima que solo afecta al 10% de los pacientes trasplantados de hígado. Para intentar salvar el órgano me indicaron un tratamiento de plasmaféresis con inmunogammaglobulina que resultó ser una de las torturas más grandes de mi vida. Sentía literalmente que me arrancaban el alma del cuerpo, me dejaba tan extremadamente débil que ni siquiera podía ir al baño por mis propios medios. Vivía monitoreado las 24 horas porque mi corazón corría el riesgo constante de sufrir un paro cardíaco, y saber que todo ese sufrimiento no había servido para frenar el rechazo terminó por quebrar mi salud mental”.

Su sistema inmunológico comenzó a desmoronarse

La llegada de la pandemia de COVID-19 sumó una dosis extrema de incertidumbre, paralizando y postergando los tratamientos médicos complementarios.

Para el año 2023, la situación era límite: Matías debió someterse a una cirugía de ayuno-anastomosis (un procedimiento quirúrgico que conecta el estómago directamente con la sección media del intestino delgado) debido a las severas obstrucciones en su vía biliar, pero su sistema inmunológico comenzó a desmoronarse en un efecto dominó.

En una de las internaciones.

En dos años encadenó infecciones brutales: contrajo COVID, sobrevivió a la gripe aviar y sufrió un forúnculo cuya bacteria mutó y se filtró directamente a su torrente sanguíneo. El impacto de tantas batallas consecutivas fue letal para su segundo injerto, arrastrándolo a una cirrosis hepática terminal que hacía obligatorio un tercer trasplante.

“Sentía una culpa profunda por ocupar un lugar en la lista”

El panorama médico se tornó oscuro y desalentador; una tercera intervención de esa magnitud conllevaba un riesgo de mortalidad altísimo en el quirófano debido a las múltiples cirugías previas. Agotado físicamente y sintiendo que su cuerpo ya no resistiría, Matías tomó una decisión que sorprendió a sus padres: se negó a trasplantarse. Sentía una culpa profunda por ocupar un lugar en la lista y creía firmemente que aceptar un tercer órgano era quitarle la oportunidad de vivir a una persona que no había tenido ninguna. Su familia lloraba y se negaba a aceptar su rendición, pero él sentía que su viaje simplemente había llegado al final del camino.

Con su actual pareja y la hija de ella.

“Estaba convencido de que no iba a haber un tercer trasplante y decidí empezar a disfrutar el tiempo que me quedara, aceptando que en cualquier momento me moría. En medio de esa oscuridad conocí a mi pareja actual y fui brutalmente honesto: ´Mirá que acá no hay futuro, yo me muero en cualquier momento’. Ella no se asustó, aceptó quedarse a mi lado y me acompañó con un amor ciego en cada internación y momento de terror. El punto de quiebre fue una noche en la que volaba de fiebre por la gripe aviar, tirado en la cama sin fuerzas, y vi cómo ella y su pequeña hija se desvivían por cuidarme. En terapia intensiva, miraba a mi mujer durmiendo en un sillón incomodísimo y entendí que ya no era solo yo y mis hijos; ellas también merecían disfrutar de mí y esa fue la fuerza definitiva para decirle que sí al quirófano”, se emociona.

Miedo, felicidad y ansiedad

El teléfono volvió a sonar el 30 de diciembre a las 7:30 para alterar el silencio de la casa con una dosis de adrenalina pura. Era la doctora: había un órgano disponible y debía presentarse de inmediato en el hospital. El miedo, la felicidad, la ansiedad y los fantasmas de las estadísticas de muerte en quirófano se mezclaron en el pecho de Matías mientras se despedía de sus seres queridos antes de entrar a la sala de operaciones. Tras largas horas de una tensión insoportable en la sala de espera, el milagro se consumó una vez más: el mediodía del 31 de diciembre, Matías abrió los ojos en terapia intensiva, descubriendo que había vencido a la muerte por tercera vez.

“Esta última experiencia me cambió la vida por completo; aprendí que tener miedo es normal, pero que la esperanza nunca se debe abandonar porque hay que pasar lo peor para que venga lo mejor

El viernes 29 de mayo el Hospital Alemán organizó el encuentro “Sembrá vida, doná tus órganos”, desarrollado en el marco del Día Nacional de la Donación de Órganos. Durante la actividad, que constituye un espacio orientado a la concientización y promoción de la donación de órganos y que forma parte de un amplio programa de la Unidad de Trasplante en pos de la sensibilización y el abordaje integral del tema, Matías dio testimonio junto a otros pacientes trasplantados, familias donantes, profesionales de la salud y autoridades.

“Esta última experiencia me cambió la vida por completo”

A escasos meses de aquella hazaña médica, su recuperación ha desafiado toda lógica y camina con paso firme hacia adelante. Convive con una alta inmunosupresión y debe someterse a rigurosos análisis cada quince días porque su cuerpo ha vuelto a generar anticuerpos que amenazan al nuevo órgano, pero su mente ya no aloja la rendición. Ha recuperado los pequeños milagros cotidianos que la enfermedad le había robado: preparar el desayuno de sus hijos, cocinar, reír, patear una pelota en el patio y sentarse a conversar con su hijo mayor en la transición hacia la adolescencia.

“Esta última experiencia me cambió la vida por completo; aprendí que tener miedo es normal, pero que la esperanza nunca se debe abandonar porque hay que pasar lo peor para que venga lo mejor. Hoy puedo estar acá abrazando a mi mamá y viendo crecer a mis hijos gracias al acto de amor más grande del mundo: tres familias que, en su peor momento de luto, decidieron donar los órganos de sus seres queridos. Si pudiera hablarles a las personas que me salvaron la vida, les contaría sobre cada aventura que viví y lo inmensamente feliz que soy gracias a ellos. Me quedan muchos días por delante y un último gran sueño por cumplir en este camino: casarme con la mujer que jamás me soltó la mano y me enseñó que nada es imposible.”



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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