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Mastitis, eczema, piel rota y la sorpresa de un cáncer de mama atípico: “Un camino doloroso y otra forma de abrazar la vida”

Lifestyle 2026-08-19 07:00:05

Daniela no imaginó que detrás de la grieta que no se cerraba se escondía un cáncer de mama atípico; una historia que llama a insistir cuando el cuerpo manda señales y algo “no encaja”

Daniela Vega recuerda que todo empezó una mañana con una leve hinchazón y enrojecimiento en la mama, acompañado de una secreción que le llamó la atención. El día anterior, su ginecóloga había revisado los estudios anuales —incluida una ecografía mamaria— y le había dicho que todo estaba perfecto. Aun así, decidió escribirle para contarle los síntomas y, por consejo de la médica, fue al consultorio. Allí le diagnosticaron una mastitis, pensando que quizá un conducto se había obstruido, aunque hacía 10 meses que ya no amamantaba a su hijo más chico. Le indicaron antibióticos y fijaron una revisión a los 15 días.

En ese primer momento, la mastitis no alteró demasiado su vida cotidiana: seguía con sus rutinas, ocupándose de sus hijos y de su trabajo. Solo le sorprendía que, después de dos largas experiencias de lactancia exclusiva —primero con Agostina y luego con Santino—, nunca hubiera tenido mastitis; y ahora la padecía sin estar amamantando. Eso le resultaba raro, pero no alarmante.

Lo que siguió fue una cadena de episodios que empezaron a erosionar esa sensación de normalidad. La primera mastitis se calmó con el tratamiento, pero reapareció poco tiempo después y tuvo que repetir el mismo esquema de antibióticos. Ambos episodios lograron resolver la inflamación, pero dejaron una huella concreta: una grieta mamaria que no se curaba, que se volvió una presencia constante, como un signo de que algo en su cuerpo no se estaba cerrando del todo, aunque aún no había ninguna sospecha de que se trataba de algo más grave.

Junto a su marido y sus hijos.

La grieta se mantenía como una herida que no terminaba de cerrar

A las tres semanas, la mastitis volvió y la secreción, aunque muy leve, no desapareció del todo. Su ginecóloga decidió entonces tomar una muestra de ese líquido y le indicó otro tratamiento con antibióticos. La muestra no fue suficiente para un análisis claro, porque la cantidad era demasiado pequeña. La médica también le pidió una nueva ecografía mamaria, que nuevamente mostró todo dentro de los parámetros esperables, sin hallazgos que llamaran la atención.

Cuando los síntomas inflamatorios de la mastitis desaparecieron, la piel del pezón comenzó a agrietarse de forma persistente. La grieta se mantenía como una herida que no terminaba de cerrar, a pesar de que el resto parecía estar bien. Alrededor de dos meses después, la ginecóloga la vio de nuevo y, preocupada por ese signo que no se resolvía, la derivó a un mastólogo de su confianza. Hasta ese momento, la ginecóloga había podido acompañarla, pero entendía que la complejidad de la lesión requería una mirada más especializada.

Con Sergio, el amor de su vida.

“Iba con la idea de que todo iba a tener una explicación sencilla”

Daniela confiaba –y sigue confiando– en el criterio de su médica, así que fue a la consulta con el mastólogo al mes siguiente. Llegó algo inquieta, con la cabeza llena de los “qué podría ser”, aunque sin una sensación de alarma extrema. La tranquilizaba que, hasta ese momento, todos los estudios hubieran mostrado resultados normales. “Yo iba con la idea de que, al final, todo iba a tener una explicación sencilla, porque los estudios eran siempre ‘dentro de lo esperado. No me imaginaba que esa grieta en el pezón podía ser algo más serio”, dice.

La primera consulta con el mastólogo fue una experiencia desordenada y desgastante. No era su clínica habitual, el lugar le resultaba ajeno y la atendieron con varias horas de demora. En un momento, Daniela estuvo a punto de irse; solo se quedó porque necesitaba avanzar en el diagnóstico, aunque estaba molesta y cansada. La espera le hizo cancelar a sus pacientes, ya que ella trabaja como psicóloga, y perderse o llegar tarde a los turnos. Cuando finalmente entró al consultorio, lo hizo con la peor de las energías, cruzada por la urgencia de su trabajo y por el agotamiento de la espera.

El médico la revisó y le explicó que algunas mastitis son rebeldes, especialmente si hay conductos tapados, y que en las ecografías todo parecía normal. Le indicó una crema con antibióticos y comentó que, en todo caso, podrían pensar más adelante en una resonancia.

“Sentí justo lo que leo que sienten muchas: afuera todo seguía en movimiento, la vida giraba igual, pero yo estaba detenida, como en pausa

Una segunda opinión

La crema no funcionó: hubo días en los que la grieta parecía cerrarse, pero al poco tiempo volvía a aparecer, como si nada se consolidara. Esa intermitencia la llevó a buscar una segunda opinión. Fue a ver a otro mastólogo, en una clínica cercana a su casa, recomendado por una amiga y muy reconocido en su ciudad.

Este segundo médico la examinó, revisó sus estudios y cambió el diagnóstico: “Podría ser un eczema”, le dijo. Le indicó otra crema con antibióticos y le pidió que volviera en dos semanas. Ella le preguntó nuevamente sobre la necesidad de una resonancia, pero él fue tajante en que no hacía falta.

La mejoría no llegaba. Cuando regresó con la misma historia —la crema no le daba resultado—, la consulta fue breve, casi mecánica, de esas que duran apenas unos minutos y dejan la sensación de ser un trámite más en una lista larga. Esta vez, el médico tomó una muestra de la leve secreción que continuaba y le indicó una nueva crema con un antibiótico diferente al anterior. Otra vez volvió a casa con una receta y la indicación de probar algo nuevo, mientras la incertidumbre seguía ahí, intacta, instalada en su cuerpo y en su mente.

“Dani: esa herida hay que biopsiarla”

Ya en septiembre, la situación empezó a pesar con más fuerza. Daniela llamó a su mejor amiga de la infancia, Carla, pediatra que vive en el sur y en la que siempre confía cuando se trata de salud. Al contarle el largo recorrido de ecografías, cremas y diagnósticos cambiantes, Carla le sugirió consultar con una compañera de trabajo, una enfermera experta en heridas. La consulta fue online: mostró estudios, laboratorios y el relato de todos los ungüentos probados. La especialista le indicó usar unos parches con antibióticos específicos que debía pedir en Buenos Aires, cambiándolos cada cinco días y relatando la evolución. Aun así, la grieta se mantuvo, sin empeorar, pero sin cerrar.

En todo ese camino, afirma que se aferró, sobre todo, a sus hijos. Agostina, de 10 años, y Santino, de 4, fueron y siguen siendo el motor que la empujó a no dudar en hacer todo lo que tenía que hacer.

Hasta que, al llegar al último parche, la especialista en heridas fue la primera en decirle algo que nadie había mencionado hasta entonces: “Dani, esa herida hay que biopsiarla”. Escuchar que existía un paso concreto más allá de las cremas le dio aliento: por primera vez entraba en un camino de diagnóstico más preciso.

“Entraba casi todos los días al portal de paciente para ver si estaba el informe de la biopsia. Me sentía muy inquieta. Confiaba mucho en el estudio, porque al fin iba a saber de qué se trataba esto. En diciembre de ese mismo año llegó el diagnóstico. Recuerdo leer ´enfermedad de Paget”, sabía lo que significaba porque había leído sobre eso.

La enfermedad de Paget de la mama (o enfermedad de Paget mamaria) es un tipo de cáncer poco común que afecta principalmente la piel del pezón y, en muchos casos, la areola (el círculo de piel más oscura que lo rodea). Representa entre el 1% y el 3% de todos los cánceres de mama y suele aparecer en mujeres de mediana o avanzada edad, aunque puede darse en otras etapas de la vida.

Los síntomas suelen confundirse con dermatitis o eczema: enrojecimiento, descamación, picazón, ardor, piel engrosada o con costras, e incluso secreción amarillenta o sanguinolenta por el pezón. En la mayoría de los casos, debajo de la lesión de la piel hay un carcinoma ductal in situ o un cáncer de mama invasor, por eso el diagnóstico definitivo se hace con una biopsia y se completa con estudios de imagen (mamografía, ecografía o resonancia).

Daniela siguió un tratamiento de seis sesiones de quimioterapia y luego 12 inyecciones de anticuerpos.

“Sentí justo lo que leo que sienten muchas: afuera todo seguía en movimiento, la vida giraba igual, pero yo estaba detenida, como en pausa. Tenía la sensación de estar quieta por dentro, en un silencio absoluto, mientras todo lo que me rodeaba parecía haber cobrado una velocidad frenética. Me sentía a destiempo, como si el mundo avanzara y yo me quedara atrás, paralizada por dentro. La rutina de mis hijos no se detenía, las decisiones cotidianas pedían respuestas y yo hacía lo que tenía que hacer, casi en piloto automático. Mientras tanto, en mi cabeza, en mi corazón, intentaba entender el significado de ese diagnóstico. Estaba ahí, presente físicamente en la vorágine de lo diario, pero con el alma en pausa, como si una parte de mí ya hubiera abandonado el tiempo de los demás para quedarse sola, en el silencio de lo que estaba por venir.”

Una noticia tan mala como inesperada

Antes de la cirugía, el mastólogo quería tener el panorama completo: necesitaba saber si había algo más profundo en la mama para entrar al quirófano una sola vez, con todas las cartas sobre la mesa. Eso implicaba una resonancia y, después, una punción de las zonas sospechosas, algo que Daniela recuerda como una de las experiencias más dolorosas de su vida. La sorpresa vino cuando, a pesar de que las mamografías, ecografías y el estudio de la secreción no habían mostrado nada anormal, la resonancia reveló un “extenso realce no nodular”: no había ningún bulto ni nódulo claramente delimitado, sino una alteración que se extendía por gran parte de la mama, acompañada de una “adenopatía axilar”, un ganglio en la axila que ya daba señales de alarma y dejaba entrever que la enfermedad ya había ido más allá de la piel del pezón.

Las punciones posteriores confirmaron que se trataba de un carcinoma ductal microinvasivo y un carcinoma ductal in situ de grado intermedio; más adelante, luego de la cirugía, Daniela supo que el cáncer había producido micrometástasis en el ganglio centinela.

Las punciones posteriores confirmaron que se trataba de un carcinoma ductal microinvasivo y un carcinoma ductal in situ de grado intermedio; más adelante, luego de la cirugía, Daniela supo que el cáncer había producido micrometástasis en el ganglio centinela.

De no haber “nada” detectable en estudios previos, de golpe se revelaba una enfermedad mucho más extensa de lo que parecía. La intervención consistió en una mastectomía unilateral con reconstrucción inmediata, realizada en enero de 2025. Tras la cirugía, Daniela siguió un tratamiento de seis sesiones de quimioterapia y luego 12 inyecciones de anticuerpos, un proceso en el que algunas partes de sí misma comenzaron a despertar y a reconstruirse, poco a poco, con paciencia, con otra conciencia y con la certeza de que escucharse a una misma e insistir cuando algo no está bien es, muchas veces, el primer paso indispensable hacia la salud.

Daniela cuenta que hoy se encuentra muy bien: en febrero de este año hizo los estudios habituales después de un diagnóstico de cáncer —centellograma, TAC y el resto de los controles— y, afortunadamente, todo dio bien. El 6 de abril cursará la última inyección de anticuerpos, luego de las seis sesiones de quimioterapia que había finalizado en julio de 2024. Esas 12 inyecciones específicas, dirigidas a un cáncer agresivo (HER2 +++), formaban parte de un tratamiento moderno que, gracias a la medicina actual, permite atacar de forma más precisa y con mayores probabilidades de éxito que hace solo unos años.

En todo ese camino, afirma que se aferró, sobre todo, a sus hijos. Agostina, de 10 años, y Santino, de 4, fueron y siguen siendo el motor que la empujó a no dudar en hacer todo lo que tenía que hacer. Pensar en ellos le dio una fuerza que ella misma no sabía que tenía: no solo la idea de que ellos la necesitaban, sino el deseo claro de estar presente para verlos crecer. La familia, con su marido Sergio al centro, fue su pilar: él se convirtió en su sostén emocional y físico, encargándose de lo que ella no podía, acompañándola en silencio, con toda su energía puesta en su proceso, en los chicos y en el cuidado de la casa.

“Hoy miro atrás y veo que, a pesar del miedo, del dolor y de las noches de incertidumbre, cada decisión que tomé me trajo hasta aquí, hasta un presente donde sigo, me sigo, y me rearmo con otra conciencia. Me sostengo en mis hijos, en mi familia, en mi red de amigas y en la certeza de que, si algo no me sienta bien, tengo que escucharme, insistir y no quedarme en el lugar de la duda. No sé qué me depara el futuro, pero sí sé que este camino, doloroso como fue, también me dio fuerza, claridad y una forma distinta de abrazar la vida.”



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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