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Era dueño de una ferretería, se retiró a los 50 y transformó un autobomba en su casa: “Lo que te mata es la rutina”

Lifestyle 2026-09-15 07:00:04

Tras la trágica muerte de su padre en un accidente aéreo cuando era un niño, Pablo Mel juró no atarse a un mostrador y a los 50 eligió la imprevisibilidad de la ruta para sanar y vivir a su propio ritmo

Durante años, la vida de Pablo Mel transcurrió a cielo abierto entre caballos y tareas rurales en la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, un revés económico por una estafa lo obligó a recalcular el rumbo y dejar atrás la vida de campo. Con la firme convicción de emprender en un rubro que siempre le había llamado la atención, armó las valijas junto a su familia y se instaló en Río Cuarto, Córdoba. Allí, en 2008 y como único propietario, decidió levantar una ferretería completamente desde cero: diseñó el local con sus propias manos y fue comprando el stock inicial a puro instinto, imaginando qué herramientas y materiales necesitarían los vecinos de la zona.

Una estafa, crisis económica y templanza

El arranque no tardó en poner a prueba su templanza. Apenas cinco meses después de levantar la persiana por primera vez, el conflicto con el campo y los prolongados paros paralizaron la actividad económica de la región. Fue un golpe durísimo para un negocio recién nacido, pero el hecho de ser dueño del local y no cargar con el peso de un alquiler le dio el respiro necesario para resistir el temporal. Con paciencia, cintura comercial y un esfuerzo diario que no le permitía relajarse, logró pilotear la tormenta e incluso dar el paso siguiente: expandir el negocio sumando un corralón de materiales y nuevos rubros para responder a la demanda creciente.

“Mi rutina empezaba bien temprano: me levantaba todos los días a las siete de la mañana para estar abriendo las puertas a las ocho. Para alguien como yo, acostumbrado a pasar las jornadas a la intemperie y trabajando con animales, encerrarme tantas horas detrás de un mostrador fue, sin dudas, el cambio más difícil de asimilar en lo personal. Costó acomodarse al principio, pero la pasión por el oficio pudo más y me adapté sin problemas. Sabía por qué y para qué lo hacía; ver crecer el negocio día a día y atender a cada cliente con la misma dedicación hizo que todo el sacrificio valiera la pena”, expresa.

La fascinación por los camiones, en especial los 4x4, siempre había estado latente en Pablo, aunque durante años fue un gusto postergado por cuestiones económicas.

“A los 50 no laburo más”

Con el paso de los años, el negocio no solo echó raíces, sino que se transformó en una verdadera referencia comercial en la zona. Ya fuera como “Pablo Ferretero” o a través del nombre del local —Ferretería Don Mel—, Pablo supo forjar un vínculo estrecho y de confianza cotidiana tanto con los vecinos del barrio como con las industrias y empresas que acudían a él.

Sin embargo, ni el éxito comercial ni el prestigio acumulado modificaron el pacto que había sellado consigo mismo mucho tiempo atrás. Pablo siempre tuvo una meta innegociable: a los 50 años dejaría de trabajar, sin importar si el negocio atravesaba su mejor momento económico.

“A los 13 años me tocó atravesar el golpe más duro: perder a mi papá en un accidente de avión. Un dolor así te marca para siempre y te sacude por completo la forma de pararte frente al mundo; aprendés de golpe lo frágil que es todo. Por eso, esa filosofía de vida me acompañó desde muy chico. Recuerdo una tarde, grabando un video entre risas con amigos donde fantaseábamos con qué sería de nosotros de grandes, en la que solté sin dudar: ´A los 50 no laburo más, me voy a disfrutar de la vida´. En ese momento no tenía del todo claro el cómo ni con qué recursos lo iba a lograr, pero en el fondo de mi corazón había una certeza innegociable: quería viajar, ser dueño de mi tiempo y no vivir atado a un mostrador, a cuatro paredes o a un reloj”.

“Para patear el tablero tenés que tener la decisión tomada de raíz, porque no es un camino para cualquiera

Un cumpleaños y un regalo muy especial

En octubre de 2022, al soplar las 50 velas, Pablo dio la orden que venía madurando desde hacía décadas. Ya se había auto regalado el camión con el que pensaba recorrer las rutas cuando levantó el teléfono para llamar a su contadora y darle una noticia que seguramente ella no esperaba: quería tener todos los balances, trámites y papeles en orden para bajar la persiana definitiva en diciembre. La sorpresa del otro lado de la línea fue total ante una decisión tan radical que desafiaba cualquier lógica comercial convencional, pero entendió que no había vuelta atrás.

No obstante, el impacto más complejo no se dio en los números, sino en el plano de los afectos. Ver el camión estacionado y constatar que la partida era inminente sacudió profundamente a su círculo más cercano. Su pareja de aquel entonces no compartía el proyecto de una vida itinerante y sobre ruedas; tras un período de viajes intermitentes, ambos entendieron que sus caminos se bifurcaban y decidieron poner punto final a la relación de común acuerdo. A sus hijos también les costó asimilar la distancia física y las semanas sin verse, pero el tiempo y la autenticidad del vínculo demostraron que, cuando el afecto es genuino, los lazos encuentran su propio cauce para acomodarse y fluir.

“Para patear el tablero tenés que tener la decisión tomada de raíz, porque no es un camino para cualquiera; muchos amigos todavía me dicen que estoy completamente loco y la verdad es que les doy la razón. Lo más complejo es asimilar que soltaste la estabilidad y que ya no contás con un ingreso regular; si bien en el comercio siempre había que pelearla día a día, acá la regla es la imprevisibilidad absoluta. Y justamente ahí radica la mayor belleza de esta forma de vivir: en no saber dónde vas a dormir esta noche, a quién vas a cruzarte en el camino ni qué historia te va a regalar la ruta; esa libertad e incertidumbre son, para mí, lo más lindo que tiene la vida”, afirma Pablo.

Uno de sus paisajes predilectos.

Una nueva vida

La fascinación por los camiones, en especial los 4x4, siempre había estado latente en Pablo, aunque durante años fue un gusto postergado por cuestiones económicas. Antes de dar con el vehículo definitivo evaluó infinidad de motorhomes e incluso visitó uno armado sobre un colectivo: era amplio, cómodo y habitable, pero la idea de un camión seguía rondándole con fuerza. La operación tenía una dificultad extra: no se trataba de una compra en efectivo, sino de una permuta directa entregando su camioneta Toyota Hilux 4x4 modelo 2013, una condición poco habitual en ese mercado. La oportunidad apareció tras seguir una publicación por internet; al dueño del camión le surgió una propuesta laboral en Brasil y aceptó el canje mano a mano. Al ir a verlo en persona, un detalle terminó de sellar el destino: la unidad llevaba inscripto el número de móvil 8, la misma fecha de su cumpleaños en octubre. Era la confirmación de que no había otro camino.

El vehículo, sin embargo, estaba lejos de ser habitable. Al no permitirle entrar parado en la parte trasera y con la certeza de que sería su hogar definitivo y no un refugio de fin de semana, adaptarlo se volvió una prioridad absoluta. Junto a un amigo carrocero diseñaron la reforma para elevar la estructura del techo, una tarea técnica que demandó unos tres meses de trabajo. Pero el desafío no terminó ahí: al llevarlo a su domicilio descubrió que las dimensiones superaban la entrada de su vivienda, lo que obligó a reformar de punta a punta el portón y la cochera para poder guardarlo bajo techo.

“Una vez que logramos meter el camión en el garaje junto a mi hijo, empezó la verdadera transformación: el desafío de convertir ese fierro en un hogar

Trabajando codo a codo con su hijo

“Una vez que logramos meter el camión en el garaje junto a mi hijo, empezó la verdadera transformación: el desafío de convertir ese fierro en un hogar. Nos pusimos manos a la obra los dos solos para idear la distribución interna, pensar cada rincón y ver cómo optimizar los espacios al máximo”.

Aunque el vehículo ya contaba con la homologación como motorhome, la distribución interior resultaba sumamente incómoda y poco funcional. El diseño previo presentaba errores llamativos, como tener la puerta de acceso orientada hacia el lado del tránsito en lugar de la banquina, un detalle tan impráctico como riesgoso. Ante ese panorama, Pablo y su hijo tomaron una decisión drástica: vaciaron por completo la estructura trasera, desmontaron cada panel y comenzaron a cortar y ensamblar todo desde cero.

“La primera noche salí con el camión totalmente original, completamente vacío por dentro: tiré un colchón en el piso y me fui directo a hacer los Túneles de Taninga, en Córdoba. Dormí arriba en plena montaña y se desató una tormenta feroz; entre el viento y el agua que empezó a filtrarse por todos lados, a oscuras, sin luz y sin una gota de agua corriente, lo primero que me pregunté fue: ´¿Qué carajo hago acá?´. En ese momento, tirado en el suelo mientras llovía adentro, la situación parecía una locura, pero hoy lo recuerdo como una gran anécdota y el mejor aprendizaje para entender de primera mano qué cosas urgía solucionar si realmente quería vivir tranquilo ahí adentro”.

“La primera noche salí con el camión totalmente original, completamente vacío por dentro: tiré un colchón en el piso y me fui directo a hacer los Túneles de Taninga, en Córdoba. Dormí arriba en plena montaña y se desató una tormenta feroz

Frente a la inevitable pregunta de cómo financia su estilo de vida, Pablo explica que nada quedó librado al azar: desde el momento en que abrió la ferretería proyectó un esquema que le garantizara un ingreso a futuro. Hoy se sustenta gracias al alquiler del inmueble donde funcionaba su antiguo local, administrando sus recursos con una escala de prioridades muy particular. Para él, lo primordial e innegociable es garantizar el gasoil para mantener el camión en movimiento; la comida pasa a un segundo plano y se resuelve con lo que haya a mano, convencido de que el verdadero combustible de sus días es el que le permite seguir sumando kilómetros en la ruta.

¿Qué ocurre si se queda varado?

En cuatro años de ruta continua, la mecánica del camión respondió con una nobleza absoluta. Salvo el cambio menor de una cubeta de freno y la soldadura puntual de una arandela en el cubo de la doble tracción, no sufrió desperfectos de consideración. No es casualidad: Pablo lo adquirió con apenas 26 mil kilómetros reales y hoy el odómetro apenas supera los 55 mil, lo que convierte a este viejo autobomba en una máquina prácticamente a estrenar para las exigencias del camino.

Tampoco las eventualidades logran alterar su temple. Cuando un vehículo se detiene en medio de la nada, a cientos de kilómetros del poblado más cercano, la respuesta aprendida no es la desesperación, sino la serenidad de quien ya no responde a las urgencias de una oficina ni al llamado de un jefe un lunes por la mañana. Sin horarios que cumplir ni apuros artificiales, cualquier demora de días o semanas se transforma en una oportunidad para contemplar el paisaje, agradecer el presente y encarar el arreglo con optimismo.

Junto a Cecilia, su actual pareja, y su perrito.

“Si me quedo varado, lo primero que hago es poner la pava y cebarme unos mates con total tranquilidad. En ese momento no hay miedos ni apuros; sé que todo tiene arreglo y que la buena onda es clave. Además, el viejo oficio de ferretero sigue intacto en las manos: conocer las medidas exactas, distinguir los pasos de rosca y saber amañarme con cualquier bulón o tornillo roto me da la seguridad de que, tarde o temprano, siempre encuentro la forma de volver a poner el camión en marcha”.

“Los chicos se vuelven locos pidiendo que toque bocina”

“Viajar en un camión de bomberos genera un impacto increíble: los chicos se vuelven locos pidiendo que toque bocina, la gente se acerca fascinada a sacarse fotos y hasta la policía me trata con una amabilidad total; creo que me pidieron los papeles una sola vez en cuatro años. Las anécdotas insólitas sobran, como cuando entré a una reserva en Entre Ríos, cerca de una represa, y dos brasileños que comían un asado en el suelo me miraron asustados y me preguntaron si estaba prohibido hacer fuego, convencidos de que venía a apagárselo. Nos terminamos riendo a carcajadas, porque en la ruta la buena onda de la gente es constante”.

“Si me quedo varado, lo primero que hago es poner la pava y cebarme unos mates con total tranquilidad. En ese momento no hay miedos ni apuros; sé que todo tiene arreglo y que la buena onda es clave

Lejos de las rutas trilladas o los itinerarios que imponen las modas de YouTube —como el clásico viaje de Ushuaia a Alaska—, Pablo prefiere detenerse en la riqueza inagotable del territorio argentino. Entre los rincones que dejaron una marca imborrable en su recorrido destaca la inmensidad del norte neuquino, con pueblos como Huinganco, Andacoyo y Las Ovejas. Sin embargo, su curiosidad sigue intacta y todavía guarda deudas pendientes en el mapa: anhela adentrarse en la Catamarca profunda para transitar la imponente Ruta de los Seismiles, un desafío de altura que hasta ahora solo bordeó, al igual que los paisajes históricos de la vieja Ruta 40 cerca de Jáchal y la majestuosa Cuesta de Huaco en San Juan.

“Cuando el frío aprieta se siente, sobre todo porque todavía no le instalé una de esas calderitas a gasoil que vienen ahora y son fantásticas. Me ha tocado sufrir bajas temperaturas en momentos totalmente impensados: en pleno febrero, por ejemplo, soporté siete grados bajo cero en el Salto del Agrio, cerca de Caviahue, algo para lo que uno jamás está prevenido en verano. Lo mismo me pasó en La Poma, en Salta, donde la altura no perdona y en pleno enero el frío calaba hasta los huesos. En esas noches no queda otra que meterle pecho: me meto en una bolsa de dormir apta para diez grados bajo cero, sumo un par de buenas colchas encima y la voy piloteando hasta que aclare”, sonríe.

El nacimiento de un nuevo amor

El encuentro entre Pablo y Cecilia en tierras salteñas se dio de manera completamente fortuita, propiciado por una invitación a un encuentro de autos clásicos organizado por el cuñado de ella. Para Cecilia, el universo de los motorhomes, la vida sobre ruedas y la dinámica nómade eran territorios totalmente desconocidos; jamás se había subido a un vehículo de esas características para viajar. Sin embargo, la experiencia no tardó en conquistarla. Aunque sus compromisos laborales le impiden sumarse a una vida itinerante a tiempo completo, encontraron la sintonía perfecta para aprovechar cada receso escolar, vacaciones de invierno o verano y escapadas de fin de semana largo para salir a la ruta juntos y disfrutarlo a pleno.

Con Cecilia, su nuevo amor que conoció en Salta.

Más allá del amor, la llegada de Cecilia a su vida abrió la puerta a una dimensión mucho más profunda: sanar una herida abierta desde hacía casi cuatro décadas. Salta representaba para Pablo el escenario de la mayor tragedia de su infancia, el lugar donde en 1985 su padre había perdido la vida en un accidente aéreo del cual nunca había podido visitar el sitio exacto ni procesar el duelo en el terreno. A través de una cadena de dolorosas sincronicidades tras el fallecimiento de la mamá de Cecilia, Pablo conectó con un amigo de ella que solía hacer trekking por Chicoana. Al enterarse de que se trataba de aquel recordado vuelo de YPF, este contacto no solo le reveló la existencia de un monolito conmemorativo que la familia jamás supo que existía, sino que le tendió el puente para llegar. Tras una exigente caminata de tres horas cerro arriba, Pablo pudo finalmente sentarse en el punto exacto donde la nave impactó contra la montaña, rescatar dos fragmentos de fuselaje que hoy viajan pegados en su camión y cerrar un ciclo de sanación absoluta y profundamente conmovedor.

“Aunque todavía no podemos encarar juntos una travesía larga y continua, a ella le apasiona esta vida y la disfruta a la par mía. Mi idea ahora es hacer base en Salta con el camión y desde ahí salir a rodar durante veinte días o un mes y regresar; la ruta te llama constantemente, se extraña cada día lejos de ella, pero haber encontrado a alguien que comparta y abrace esta locura hace que todo tenga un sentido mucho más hermoso”.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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